En Cataluña, la participación puede caer en marzo hasta al 60%, la menor en unas legislativas. Si los datos que publica hoy el Periódico de Catalunya son fiables, mejoran las expectativas de la AVE porque no debemos olvidar que su principal reserva de votantes está en los distintos tipos de abstencionistas. Solo falta que se enteren de que existimos, aunque nos consta que al menos un catalán nos conoce.
Una de los puntos fuertes de nuestra Asamblea es que, a quien no tiene nada (puesto que ha renunciado a participar absteniéndose), se le ofrece la posibilidad de tener algo (información, discusión y votación) a cambio de ciertas concesiones: la renuncia del colectivo a la confesión (creencia religiosa, ideológica o ética), a la ejecución del gobierno y la financiación crediticia.
No son demasiadas concesiones si lo que se consigue a cambio es una independencia sin corruptelas y una suavemente picante impredecibilidad en los resultados de las votaciones. Aceptar que se puede perder da su valor a la posibilidad de ganar.
Aunque su combinación puede resultar chocante, los conceptos son sencillos y no diferentes de aceptar la aconfesionalidad del estado (art. 16.3 de la Constitución Española) respetando las distintas confesiones de los ciudadanos.
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