Conforme al objetivo de proporcionar, siempre a título personal, una plataforma de expresión y opinión independiente, y establecidas aproximadamente las fechas de las próximas elecciones autonómicas gallegas, voy a iniciar la publicación regular de mis opiniones sobre los asuntos que a diario protagonizan la actualidad política.
Voy a empezar por un tema de gran importancia y significación desde mi punto de vista. Se trata de la violencia doméstica, principalmente la machista, aunque no sólo la de este sentido.
Aquí no puedo pasar por alto el fetichismo verbal de algunos de nuestros actuales dirigentes y tengo que decirlo claramente: por mucho que se empeñen, voten y legislen, no existe la violencia de género. El género es un accidente gramatical o una mercancía, nada que tenga que ver con la pareja, el sexo ni nada parecido. Que un gobierno de iletrados haya nombrado una ley de tal guisa es motivo de tristeza para unos y de guasa para otros. Pero tales son las servidumbres del fetichismo lingüístico, hay que repetir, y repetir, y seguir repitiendo hasta el aburrimiento.
Pero dejemos esta característica peculiaridad del actual gobierno y centrémonos en el asunto. No por repetido se ha dicho suficientemente: la violencia doméstica es un comportamiento abominable e inadmisible, y una vergüenza de magnitud colosal. Supongo que nadie en su sano juicio albergará la menor duda sobre este particular.
Podemos especular sobre sus causas, pero por muy importante que sea esto, no es ahora el momento de detenerse en el diagnóstico. La situación exige un tratamiento inmediato tendente a evitar que se produzca no solamente otra muerte, sino cualquier tipo de agresión violenta. Ése es, debería ser, el objetivo.
Comprobamos a diario que esto no es así. Se habla mucho, se toman medidas, se crean ministerios, se legisla y todo sigue igual o, en cierto sentido, peor.
Podría pensarse que no hay voluntad de acometer el problema. Podría pensarse que los responsables son ineptos e incapaces de resolver adecuadamente. Hasta podría llegar a pensarse que hay ciertas “personas” que obtienen beneficios de tal estado de cosas.
Bien, puede ser que haya algo de todo esto en alguna medida. Pero lo fundamental es resolver el problema y alcanzar el objetivo propuesto cuanto antes.
Así pues, ¿qué medidas se podrían adoptar? ¿Dónde se encuentra la solución al problema?
En mi opinión, hay que ser realistas y asumir que no existe solución desde el sistema porque el sistema forma parte del problema. No es éste el único problema sistémico con el que se enfrenta la sociedad, pero sirve de ejemplo para meditar sobre la forma de enfocar y tratar este tipo de problemas. Por tanto, todas las medidas que se tomen desde el sistema deben asumir su fracaso de partida y sólo deben adoptarse aquéllas que, pese a su prevista ineficacia, sean éticas y justas. Además, todas las medidas que se consideren orientadas a resolver el problema deben evitarse o suprimirse porque son contraproducentes.
Considérese fría y privadamente algún ejemplo concreto y se comprenderá la aplicabilidad de la regla expuesta.
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