Es sospechoso todo esto que se cuece alrededor de la asignatura de educación para la ciudadanía. Según parece, media España está a favor y la otra mitad en contra. Eso, si sólo hay dos mitades.
En este asunto no es aceptable un tratamiento simétrico porque una parte gobierna y la otra no. Lo prueba el hecho de que la porción gobernante ha impuesto su “profunda convicción” desde “la tolerancia y el respeto”.
Valoremos la situación de partida: ¿Hasta qué punto es satisfactorio nuestro sistema educativo? Cualquiera que sea la respuesta, a buen seguro dejará margen para su perfeccionamiento. Pues bien, para el gobierno lo urgente e importante es legislar la asignatura de la discordia. Se comprende que, tratándose del porvenir de nuestros retoños, lo primero es lo primero.
¿En qué radica la importancia concedida a la asignatura? Pues, entre otros motivos, en su indiscutible carácter ideológico. Antes, se bordaba bellamente el currículo con asignaturas como la religión y la formación del espíritu nacional, imprescindibles en una democracia orgánica católica. Cuando la democracia perdió el “órgano” (allá por el 75), también perdió el “espíritu”. Poco a poco se fue sustituyendo la religión por la ética. Para completar el proceso, faltaba la última fase. Dátis...
Si estuvo bien separar la formación de la doctrina, no se comprende demasiado la ventaja de reemplazar una doctrina por otra e imponerla a todo el mundo con tanta urgencia. Si los principios aplicados en la primera segregación son válidos, los serán para todas la religiones, incluso para las laicas.
Además, los constructores del progreso olvidan que los adolescentes, como buenos sacos de hormonas, son idealistas compulsivos que lo mismo se decantan hacia un extremo que hacia el otro. Y si insistes, igual vienen que van.
En última instancia, las asignaturas las imparten personas. ¿Puede un docente prescindir de su posición ideológica o religiosa al impartir cualquier asignatura? Indudablemente, no. Habrá que vigilarles, presidente.
Por otra parte, los textos homologados son muy malos. Son tan insufribles que, sin la menor duda, ni los profesores los seguirán para impartir clases, ni los alumnos los leerán en vez de ver la televisión.
Quienes admiten la eficacia adoctrinadora de un buen lavado de cerebro, olvidan que la catequesis y el seminario son las mejores escuelas de ateos ilustrados y que la formación política franquista era una asignatura que varios ministros demócratas aprobaron con nota. Y si el lavado de cerebro en la escuela es tan eficaz ¿Por qué no sirve para las matemáticas, pongamos por caso? La evidente respuesta no se ocultará al lector sagaz.
No sorprende demasiado el bajo nivel del rifirrafe mediático: al fin y al cabo, así es el negocio. Pero la trifulca política es pasmosa: si no hay inteligencia en el gobierno, como pretende la oposición ¿por qué es incapaz de desmontar su tingladillo?
La asignatura es contradictoria desde la base. Si pretende educar en el talante y el buen rollo democrático, la tolerancia y el respeto ¿por qué se impone sin un diálogo, sin negociar un consenso? Si pretende enseñar el conocimiento de y el respeto a la constitución ¿Por qué la fuerza conduciendo a la objeción de conciencia a los que no están de acuerdo?
En resumen, la asignatura de educación para la ciudadanía constituye un envite maquiavélico del gobierno que la oposición no ha sabido manejar.
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