Alguien dijo que son la fiesta de la democracia. Para tener lugar cada cuatro años, ya pueden ser una buena fiesta. Últimamente no suelen serlo. Hace ocho años fueron bien tristes, con regusto amargo y persistente. Las próximas, anormalmente convocadas con meses de antelación, han dejado desde entonces un país huérfano de mandatarios, si no lo estaba ya. Así el estado se ha dejado en las manos sin escrúpulos de gandules, oportunistas, golfos y facinerosos.